Cuando Viborita entró a la escuela primaria, todavía no se llamaba Viborita. Vivía en una de las villas que crecieron a la sombra de la fábrica de carrocerías para colectivos llamada El Detalle. Viborita, antes de serlo, nunca llegó a construir cariño entre sus pares infantes. Y después de serlo, salió despedido por la puerta pequeña del olvido escolar, tras su fugaz irrupción por la ventana grande del miedo. Viborita fue Viborita a partir de que puso una culebra en el bolsillo del guardapolvo de una de sus compañeras. Imposible olvidar la cara de terror de la pequeña cuando, al meter su mano en el bolsillo, se encontró con la forma sinuosa y la piel fría del reptil. Es probable que nunca nadie le haya preguntado a Viborita por qué hizo lo que hizo. Pero en sus ojos se leía la dulce venganza de un amor no correspondido.
J. Martínez
miércoles, 13 de enero de 2010
67 La vibora - Viborita
67 La vibora - Encantador de serpientes
Gente que camina sobre brasas ardiendo. Gente que camina sobre vidrios rotos. Fakires en camas de clavos. Y el encantador de serpientes. El miedo se juega en los afilados colmillos de cobra. Seguramente ya vacíos de veneno, su mayor amenaza reside en la duda que provocan; su lengua siseando en el aire; elevándose bajo el influjo de la música. Entregada al destino rutinario del encanto. Alguna vez, el hombre flaco que la hace bailar tuvo que haberla dominado, domado, sumido a sus órdenes, reducido a esclava. Y, como si fuera justicia, la serpiente cae en su propia trampa: la del encantamiento. Es difícil no sucumbir al encanto mortífero de sus ojos esclavos (y aún esclavos), de sus ojos vencidos (y aún vencidos). Ojos cuya distancia con cualquier forma de la razón se traduce en frío polar en la espalda. Sin embargo, ahí fue a parar, a ser víctima de otro encantador, de otro depredador. Una suerte de contrato íntimo los une en el modo de conseguir su alimento. En el caso del encantador, por interpósita serpiente y dinero mediante. Una vez más, mente superior domina mente inferior. ¿Será dominación o será complicidad? Y, en todo caso, ¿qué tiene que suceder para que la dominación mute en complicidad? Vaya uno a saberlo. Quizás tenga que ver con el encantamiento, con el filo de la muerte asomando como pequeñas amenazas punzantes...
J. Martínez
