Estoy seguro de que a muchos de ustedes les han hecho alguna vez esos tests psicológicos versión casera; más propios de un cumpleaños aburrido que de una sesión de diván. Ya saben. Esos en los que te pide: decí un animal, decí una herramienta, decí un color. Y uno siempre termina diciendo: vaca, martillo, perro.
En realidad, más que test son casi un truco de adivinación en modo usuario. Así que yo me voy a aprovechar que es de noche, que seguro que hace mucho calor y que yo estoy muy lejos para abusar de la ingenuidad de los oyentes. Sobre todo de los más rockeros del dial, fieles como pocos. Venga, hagan ustedes la prueba. Piensen en un perro, piensen en un perro, piensen en un perro, piensen en un perro… ¡Y ahora! ¡Rápido! Díganme el título de un rock and roll sobre perros…
¡Efectivamente!
¿Han ustedes adivinado!… ¿Vieron que no era tan difícil?
Los más viejos del lugar, y no pocos jóvenes, podrían reconocer estas notas a kilómetros de distancia, sumergidos en el fondo del mar o tirándose en paracaídas… Canción mítica donde las haya, Black Dog, Perro negro para los muchachos, apareció publicado el 8 de noviembre de 1971, en un disco en cuya tapa no había nombres ni letras… Solo el dibujo de un viejo encorvado que hacía las veces de representación futura de Jimmy Page.
Así fue como Led Zeppelin decidió dar respuesta a la fama. En 1971, la banda llevaba tres años cortitos de existencia, los suficientes para haber dado vuelta como una media este circo del rock and roll. En medio del ataque de popularidad, y tras haber sacado tres discos que no pueden faltar en la cartera de la dama ni en el bolsillo del caballero, Led Zeppelin decidió apostar por el oscurantismo. Bendito Lucifer.
El disco abre precisamente con Perro Negro. Cuenta la leyenda que el tema está dedicado a un perro de color que merodeaba por los alrededores de la granja donde los cuatro melenudos se habían enclaustrado para darle un marco bucólico a uno de los procesos creativos más intensos de la historia del rock.
La letra no nos cuenta nada de perros negros. Habla de chicas, de moverse y sacudir; it’s only rock and roll.
Si hay que ser justos con la historia, debemos decir que el propio Robert Plant reconoció que para componer los arreglos vocales se había inspirado en una canción de Fleetwood Mac, Oh Well… Juzguen ustedes.
Eso en mi barrio se dice afano… En fin. La aparición de Led Zeppelin IV dio alas a los resentidos de siempre. Eran muchos los que por esa época acusaban a Jimmy Page de que lo único que sabía tocar eran riffs. Y parece que Page, en una entrevista, les contestó: “OK, lo único que hago son riffs, pero hagan ustedes un riff como el de perro negro”.
Después pasó el tiempo, Bonham se murió ahogado en su propio vómito, y el perro negro, valga la redundancia, se puso de luto. Las décadas transcurrieron entre rumores permanentes de reencuentro, pero salvo algún que otro bolo suelto, todos más bien mejorables, Zeppelin no se actualizó, a pesar de que su música pasó del Winco a los cassetes, y de los cassetes al discman, y del discman al disco duro sin perder un gramo de energía.
Por desgracia, Jimmy Page empezó a parecerse a Vicente La Rusa. Y todo indica que es un proceso irreversible. Me cuentan que el guitarrista trató de sacarse de desprenderse de esa sombra tocando en la clausura de los últimos juegos olímpicos. Me cuentan que se subió a un colectivo sin techo y que tocó una versión de Un montón de amor con una cantante que no era Robert Plant. Pero yo no lo vi.
Lo que sí me pregunté en muchas ocasiones es cuántas veces escuché yo esa canción. Haciendo un cálculo por lo bajo digo MIL, pero bien pueden quinientas o cinco mil, si contamos por separado las veces que la ponía una y otra vez repetida.
Bueno, para mí también pasó el tiempo… Ahora tengo un hijo que tiene Black Dog en su mp3. Y cada vez que lo escucha, entre cabeceo y cabeceo, me mira y me dice: Perrito, papá.
Con toda la ternura del mundo, y con esa inconsciencia que da la infancia, mi hijo le dice Perrito a Perro Negro. Sí mi amor, le digo yo, Perrito. Y él me dice: Has visto qué fuerte tocan… Sí, mi amor, Perrito.
Y ahora rápido, díganme un animal, un color, una banda de rock and roll… La primera que se les venga a la cabeza.
Alejandro Feijóo
miércoles, 13 de enero de 2010
06 El perro - Black dog
06 El perro - El nombre del perro según Freud
"Son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más desagradables que las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente), nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconcientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor."
06 El perro - Dichos perrunos
Ser seguidor como perro de sulky. Estar contento como perro con dos colas. El perro es el mejor amigo del hombre. Y es el perro el único animal que se rasca para afuera. Una mala mujer es una perra. Una bella mujer es una perra. Uno se va con la cola entre las patas, como perro apaleado. Hacer el amor en cuatro patas, como perros. Los perros se abotonan y no son sacos ni camisas. ¿Qué será de nostros si cuando más conocemos a la gente más queremos a nuestro perro? A otro perro con ese hueso. Uno no tiene al perro, el perro lo tiene a uno. Pata de perro es quien camina mucho por la calle. Quien se enoja tiene pocas pulgas. Perro que ladra no muerde... mientras ladra. Ese es el mismo perro pero con distinto collar. Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos. No tengo padre, ni madre, ni perro que me ladre. Más perdido que perro en procesión. Quien da pan a perro ajeno, pierde el pan y pierde el perro. Serio como perro en bote. Más vale ser perro de rico que santo de pobre. Perro es el que juega mal al fútbol. Perros eran los militantes del ERP. Tarde o temprano, no hay perro que no se parezca al amo.
J. Martínez
06 El perro - Perros
Les propongo hacer un breve recorrido para compartir algunos recuerdos sobre los perros que, de uno u otro modo, han sido parte de mi vida como de la de muchos otros. Porque, apuesto doble contra sencillo, que con sólo decir “perro” la memoria de muchos se llena de imágenes de esos fieles animales de cuatro patas.
Yo tengo mis propios perros en la memoria: Manchita, Pituca, Paty... Nombres que son mucho para mí, pero seguramente poco para ustedes. No fueron perros famosos, sólo fueron míos. Perros famosos hay a montones. Y quiero rescatar a Lassie porque el efecto de su fama tiene una extraña coincidencia con una de las obras fundamentales de la literatura gótica: Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Así como la criatura creada por el doctor Víctor Frankenstein se apropió del apellido de su creador, la buena de Lassie le dio su nombre a la raza collie, mandándola al olvido. Y si alguno llama collie a un collie, es muy probable que tenga que dar como referencia a una de las perras más famosas que ha dado la televisión para aclarar de qué raza es el hermoso perro que acaba de adquirir.
Hablar de perros, nos lleva, inevitablemente, a nombrar a Laika, la perra rusa que fue el primer ser vivo en ser puesto en órbita cuando la carrera espacial recién comenzaba y los soviéticos le llevaban la delantera a los norteamericanos. Fue algo más que un conejillo de Indias, si se me permite el descalabro zoológico. Fue la puerta de acceso para que el también ruso Yuri Gagarin viera por primera vez en la historia de la humanidad a nuestro planeta desde la estratosfera.
Pero si de perros famosos se trata, es la televisón la que nos ha deparado una cantidad de héroes inolvidables. El azul y casi intelectual Huckleberry Hound; el ubicuo Droopy Dee; el murmurante Patán y su primo Pulgoso; el inclasificable Pluto; el aventurero Scooby Doo; y otros cuyos nombres quizás sea más difícil de recordar, como Dum-Dum, el inseparable y torpe ladero de la tortuga D’Artagnan y Astro, el cánido futurista de Los Supersónicos. Sabrán comprender: a esta edad mía, de los últimos perros animados, tengo el registro de muy pocos: Catdog, ese engendro mutante de 2 cabezas, mitad perro, mitad gato; Huesos, la mascota de los Simpson; y el monumental Brian Griffin, de la serie Padres de Familia.
La historieta, obviamente, tampoco escapó a los influjos de los fieles cuadrúpedos. Y no hace falta irse a buscar los tomos del insoportable Snoopy; ni de Milú, el perro de Tintín. Pero sí vale la pena, rescatar a Rantanplán, el distraído héroe por casualidad, compañero de Luky Luke y su par, el inmensamente diminuto Ideafix, más fiel que ninguno con su dueño Obelix. En la escena casera, hay dos que sobresalen por acompañar a dos personajes marginales: Diógenes, el pero de El linyera, la tira diaria del imperio Clarín y Mendieta, un grande entre los grandes, un Sancho Panza de 4 patas que en la llanura pampeana secunda a Inodoro Pereyra, una de las grandes creaciones del maestro Fontanarrosa. Sí, qué lo parió.
Para el cierre, les propongo un típico juego de dar con la respuesta correcta a esta pregunta: ¿Cómo se llamaba el perro que, muchos años atrás, alcanzó el Olimpo de la televisión argentina acompañando a Santiago Bal y Susana Brunetti en el unitario semanal Gorosito y Sra? Seguramente Google tendrá la respuesta, pero las reglas indican que no deberán acudir al gran motor de búsqueda de nuestro mundo globalizado, aunque pueden consultar con abuelos, padres o algún nostálgico de esos que nunca falta. Así las cosas, al final del programa, revelaremos el nombre del cánido y sortearemos una foto del Perro Santillán entre quienes hayan acertado la respuesta.
J. Martínez
