Tengan todos ustedes muy buenas noches. Hablar de tortilla en España es como hacerlo de asado en la Argentina: es decir, una verdadera institución. Tanto es así que la tortilla española pertenece a ese selecto grupo de platos que añade a su nombre su lugar de origen. Lógicamente hay muchas tortillas, incluso muchas tortillas españolas, porque como en el asado, a cada mano cocinera le corresponde un matiz que lo hace único.
Pero como este no es un programa de recetas, no vamos aquí a enunciar paso por paso la forma de elaborar una tortilla española. Aquí y ahora solo nos importan los huevos. Porque, ¿cuántos huevos lleva una tortilla española? Para un servidor, hay que partir, mínimo, de seis huevos. Con menos de eso estamos hablando de un omelette con papas, o cualquier otro plato, igual de digno, sí, pero no de una tortilla española. Este canto al colesterol tiene su por qué: y es que los huevos son, ni más ni menos, que el cemento de la tortilla, la argamasa que reúne al resto de ingredientes.
Ahora bien, como todo el mundo sabrá, en algún momento de la preparación, a los huevos hay que batirlos. Y aquí se abre un debate apasionante que despierta pasiones encontradas. Habrá quien diga que a los huevos que darles un buen meneo, incluso no falta el pecador que convoca al uso de la batidora eléctrica. De otro lado, voces más tradicionales dicen que a los huevos de la tortilla hay que mezclarlos, pero no necesariamente batirlos, puesto que aquello empezará a llenarse de aire y aquí nadie quiere cenar un suflé.
Y otra cosa: da igual el color del huevo. Es cierto que el morocho goza de mejor prensa, pero un buen huevo blanco, incubado como dios manda, puede llevar la felicidad a cualquier hogar.
Alejandro Feijóo
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martes, 5 de enero de 2010
00 Los huevos-El papel del huevo en la tortilla española
00 Los huevos-El huevo número 13
Casos como el mío hay a montones: está la cuarta dimensión, el quinto beatle, el sexto sentido, la octava maravilla, la novena puerta. Y el jugador número doce… Son las cosas de más, las que sobran de la lista, las distintas. Como yo. El huevo número 13 de la docena.
Al principio la decisión te deja helado, es la primera reacción, mientras los demás te apartan la mirada, sí, sí, aquellos que hace un momento eran de tu equipo, esos, los de tu docena, te dan la espalda.
Después empiezas a negarlo, ese es el segundo paso. "No puede ser, no puede ser, esto le está pasando a otro huevo". Y con la negación, viene la culpa. Y en un huevo la culpa es insoportable: se los puedo asegurar. Somos seres frágiles.
Después negocias, con ese dios de los huevos que no siempre responde. Y al final… al final siempre está la realidad. Y te buscas la vida, rodando, dando vueltas por las calles, mirando con nostalgia a otras docenas, a punto de caerse de las bolsas.
Pero el camino va siendo solo, que dijo el poeta, y el del huevo no es una excepción.
Poco a poco empezaron a salirme chapucillas por ahí. Trabajé al principio de modelo: naturalezas muertas, exposiciones colectivas, esas cosas. Enseguida una de las alumnas más aplicadas me adoptó, creyéndome de cerámica. Su hija no tardó en pintarme con acuarelas para un trabajo de la escuela. Por suerte, pude escapar antes de caer en manos de los maestros…
Últimamente me muevo con un payaso: cumpleaños, comuniones. Lo típico. También hacemos colegios. En las carreras de huevo con cuchara doy todo lo que tengo y los niños se divierten cuidándome. Por suerte, las lesiones me van respetando y cumplo con entusiasmo mi misión.
Pero luego llegan las noches, después del trajín, de los gritos de los niños, y echo de menos mi vida como miembro de una docena, el anonimato del equipo, el ser uno más…
En el fondo, lo que me pasa es que no me acostumbro al estrés de ser el otro huevo. Me gustaría volver a casa, y encontrarme con los pocos amigos que queden enteros. Y después… después quién sabe. Me gustaría tener hijos…
Alejandro Feijóo
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00 Los huevos-Huevos de Pascua
A los ya conocidos huevos de chocolate que en la familia argentina se regalan con motivos de la Pascua, podemos agregarle 3 derivados:
En algo coinciden todos ellos: al verlos o al abrirlos uno exclamará, con cierto candor, “¡Oh! ¡Qué sorpresa!”.
C’est fini...
J. Martínez
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00 Los huevos-La vida está llena de huevos
Desde el comienzo mismo, ya que es del huevo cigota de donde emerge la monumental maquinaria del cuerpo humano. De ahí en más, será uno de los pilares de la dieta cotidiana, en todas sus formas de cocción, fritos –mi gran favorito–, duros, pasados por agua y hasta esa malformación culinaria llamada huevos poché. Poco después, el entendimiento humano dará ágil respuesta para capturar el concepto Huevo de Pascua. Porque siempre fue más que un huevo con sorpresa. Es una revancha, una conquista; la conquista del momento en el cual la liturgia del chocolate se impone a cualquier empanada de atún que uno se vea obligado a comer para darle una formalidad de respeto a la cuaresma cristiana.
Huevos hasta en la sopa. Con un diseño tan sencillo como perfecto: por más presión que se ejerza, si se toma un huevo de sus extremos superior e inferior, nunca se romperá. Y la puesta en acto de la presión y el huevo allí, resistiendo el embate. Y, un día, el huevo se convierte en verbo. En el proceso de adquisición de la palabra llega la Gallina de los Huevos de Oro, parte de un compilado de cuentos infantiles, más esperanzadoramente próspero que El Soldadito de Plomo y otros aláteres del fracaso... Ya entonces uno empezaba a hacer huevo, sin saberlo.
El primer eslabón de la cadena educativa nos daría algunas certezas:
1) De los huevos nacen aves, batracios, peces, reptiles, insectos.
2) Colón convenció a los reyes de España de financiar su viaje hacia el fin de un mundo medieval, parando un huevo sobre una mesa, tema que daría para mucho más que una clase de historia.
3) El huevo no es más ni menos que una célula. Lo que constituye nuestro cuerpo y nos es invisible a simple vista, se mostraba muy campante en nuestra heladera, día a día.
Mi abuela me contaba que mi abuelo había comido un huevo de avestruz frito. Mi alma curiosa trataba de imaginar los efectos de semejante ingesta. Y una tarde de sábado, obtuve la respuesta: Paul Newman tomó por asalto la pantalla del BGH blanco y negro de 14 pulgadas, dándole vida a Luke, en la película La Leyenda del Indomable. Y si uno pretendía ser rudo, bello e indomable como Luke, no debía olvidar los cincuenta huevos duros que se comió para ganar una apuesta. Una lección sobre lo que un hombre es, del otro lado del ejemplo de lo que le corresponde ser al ser humano. Una lección sobre las elecciones y sus consecuencias. Seguramente más de uno, al escuchar las palabras sobre La Leyenda del Indomable, habrá recordado la escena o la buscará en un rato en Youtube. Lo que seguramente pocos saben es que, luego de ese récord, se ubica el de Eva María González Fernández, Miss España 2003, quien es portadora orgullosa de un Record Guinness: haber roto 23 huevos, con los dedos gordos de los pies, en 30 segundos. Así es este mundo que muta: capaz de ir en pocos años desde lo indomable de Paul Newman al show rompehuevos de González Fernández.
J. Martínez
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